Animales que curan

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Gabriela es una niña de 13 años que afronta un cáncer de huesos desde hace cuatro años. En 2009, ella y su madre se trasladaron de Canarias a Madrid para estar cerca del Hospital Niño Jesús, donde recibe tratamiento. Fue un año muy duro: a la quimioterapia, la radioterapia, las operaciones y el trasplante de células que requería su cáncer primario de sarcoma sacro se unía la nostalgia de su tierra, de su casa y de sus animales. “Gabi echaba mucho de menos a su perro y a su gato, pero con una enfermedad así no te dejan tener animales, porque pueden ser un foco de infecciones o de transmisión de virus”, explica Mercedes López, su madre.

Sin embargo, la necesidad de Gabi era tal que decidió escribir una carta a su oncólogo y sus argumentos le convencieron… hasta cierto punto. Llegaron al acuerdo de que no podía vivir con un perro, pero sí ir a visitar a alguno. A su madre, un compañero de trabajo le habló de Yaracan y así es como conoció a Begoña Morenza, la persona que está detrás de esta empresa, socialmente responsable, que desarrolla programas de terapia asistida con perros. A ella se le ocurrió la idea de que Gabi pasara de ser una niña a la que cuidan a convertirse en cuidadora: “El primer día que nos vimos habíamos quedado en el parque del Retiro, que está frente al hospital, y ella llegó en una silla de ruedas. Pero fue ver al pequeño Max y se iluminó la cara, se levantó y no dejaba de sonreír. Tengo grabado ese día, y no solo por lo que supuso para la niña, sino también para su madre. Los familiares sufren mucho, y ver la ilusión de una hija en esas condiciones da mucha alegría y mucho ánimo”. Ese cachorro de golden retriever era una distracción para Gabi y, al mismo tiempo, una responsabilidad; de ella dependía, en gran parte, adiestrarlo y educarlo. En un año se convirtió en toda un experta y obtuvo su carné de adiestramiento.

Los efectos a nivel anímico fueron tan positivos que su médico permitió que tuviera un perro de manera esporádica. Para esos intervalos, Begoña le cedía a su querido Tiny, un bichón maltés entrenado en Terapia Asistida por Animales (TAA). Los resultados fueron muy buenos, así que el hospital se rindió a la evidencia y, desde enero, Gabi tiene su propio perro, Toby, con el que vive en casa de manera continua. “Al principio tenía mucho miedo, por si le contagiaba algo, pero si tienes ciertos cuidados, como no dejarle pararse cuando lo paseas, lavarlo todas las semanas o no llevarlo a lugares sucios, ves que son más los beneficios que los peligros. Aunque esté baja de ánimo, mi hija sabe que tiene que sacarlo, darle de comer… y, además, le da mucha tranquilidad cuando tiene sus enfados y picos de humor. Los médicos están encantados”, explica Mercedes.

Inteligentes y sensibles 

La Fundación Affinity importó esta terapia que ya hacía más de tres décadas que estaba implantada en Estados Unidos. “La introdujimos en 1990 para contribuir al bienestar y a mejorar la salud de las personas con necesidades especiales y hemos sido pioneros en la implementación de programas residenciales, con perros que viven permanentemente en un centro, ayudando y trabajando en beneficio de los pacientes”, señala Maribel Vila, técnico en Terapias Asistidas con Animales.

Hoy varias instituciones y empresas prestan estos servicios en nuestro país, pero llevarlos a cabo de manera seria y profesional exige mucho conocimiento, además de compromiso, esfuerzo y recursos. Por ejemplo, los guías suelen conocer a los perros desde mucho antes de que hayan nacido. Antes de cruzar a los que serán sus padres, seleccionados por su pedigrí y por su historial familiar intachable, lo saben todo de su árbol genealógico y se remontan hasta 10 generaciones atrás para tener la total seguridad de que carecen de taras físicas o psicológicas. No se busca la belleza, sino que no tengan un problema ocular, por ejemplo, y que estén equilibrados a nivel mental y no reaccionen de forma inesperada. Por eso no es frecuente trabajar con razas mestizas ni con perros que han sido abandonados, porque no dan tan buenos resultados.

Su adiestramiento empieza con solo un día de vida. Todos los miembros de la camada (después se escoge a los mejores y los otros se regalan o venden a personas de confianza) practican ejercicios de estimulación temprana. Las casas de los monitores se convierten en una especie de parque de atracciones, con toboganes y pelotas, hasta que a los tres meses pasan el test de estrés, donde asisten a estímulos acústicos, como la caída al suelo de una cacerola mientras están mamando para que lo asocien a algo positivo, o se les lleva a lugares con mucha gente, como centros comerciales, parques o aeropuertos para que socialicen. Luego llega el entrenamiento en habilidades… Entre juegos, caricias y mimos les enseñan a no tener miedo a nada, a confiar en todos los seres humanos y a ayudarles.

Pasión incondicional

Cuando han aprendido todo esto, sobre los dos años de edad, están preparados para convertirse en perros de terapia. “Tienen que tratar a los extraños como si fueran sus dueños y eso no lo pueden hacer todos. Hay que ver cuál es su temperamento y si se divierten con esto”, apunta Begoña. Y sabe bien de lo que habla, no solo porque lleva años investigando esta terapia complementaria y conociendo a fondo las afecciones de los colectivos que va a tratar, sino porque, de alguna manera, lo ha vivido en sus carnes.

Su historia es la del patito feo que sufrió “bullying” cuando todavía no se llamaba así y que solo encontraba consuelo al llegar a casa, con su familia y con sus dos perros, con los que tenía una conexión total. “A ellos no les importaba si era guapa o fea, si estaba delgada o no, eran incondicionales, me querían y me animaban cuando me veían mal”. Convertida ya en un cisne, Begoña no cambió su forma de pensar: “Me decía a mí misma: “Ahora me aceptan, pero si tengo un accidente y se me desfigura la cara, volverán a rechazarme”.

Esta etapa marcó su amor por los perros, casi su obsesión. Así que un buen día, cuando llevaba años siendo una alta ejecutiva en una multinacional de telecomunicaciones, decidió decir adiós al estatus económico y al reconocimiento profesional y se lanzó a hacer de su pasión su forma de vida. En 2007 se puso manos a la obra, empezó a estudiar la terapia con perros, se formó y convenció a una amiga para que se embarcara con ella en esta aventura. Hoy son cinco las personas que integran Yaracán, y 18 perros, que viven en casa de las guías. “Yo no me fiaría de un animal que no está conmigo las 24 horas. Tengo que ver cómo se comporta con mis hijos y con mis amigos en distintas situaciones porque, además de cariñoso, tiene que ser predecible”, dice Begoña, que ha formado una peculiar familia numerosa: su marido, dos niños y cinco golden retriever.

Uno de los más activos es Tango, un perro afable, de pelo cobrizo, con unos ojos que transmiten tranquilidad y un comportamiento modélico. Hoy está contento porque sabe que se dirige al programa de terapia semanal en la Asociación de Empleados de Iberia Padres de Minusválidos (APMIB) de Colmenar Viejo (Madrid), en el que participa dos veces por semana, junto a sus compañeras Kala e Iza.

La prueba de fuego

Los ejercicios para estas personas con discapacidad intelectual van dirigidos a trabajar “la parte emocional, cognitiva, psicomotriz, de comunicación y socialización”, según comenta el psicólogo de este centro concertado, Andrés Grajera. De hecho, algunos solo hablan durante la sesión, el resto del tiempo se aíslan. Los objetivos son, entre otros, “adquirir hábitos y rutinas, tener sentido de la responsabilidad, aprender a cuidarse, interactuar, memorizar…”, según cuenta Carmen García-Siso, coordinadora de la Residencia y Centro de Día de APMIB y terapeuta ocupacional, que está muy satisfecha con los resultados de esta terapia.

La clase comienza con un saludo de los perros de manera individualizada; los 10 pacientes se sientan en las sillas alineadas y esperan con una emoción que apenas pueden controlar (con este ejercicio se trabaja el respeto de turno). Ese es el primer ritual: Tango, Kala e Iza van acercándose a cada uno de los enfermos, teniendo un exquisito cuidado de subir sus patas a los brazos de la silla y que sus 45 kilos no se apoyen en las piernas de los enfermos. Y en esa complicada posición, se dejan hacer. Abrazos efusivos, gritos emocionados al oído, pequeños tirones de pelo… los perros soportan sus demostraciones de cariño con paciencia y alegría, porque enseguida empiezan a mover la cola. Los pacientes se ríen. No necesitan más para ser felices.

Después, el animal se tumba en una mesa y, a través de juegos, los pacientes van colocándole un collar, haciéndole un nudo con una cinta en una de sus patas, le peinan, hacen circuitos… (aquí se trabaja la toma de decisiones, la verbalización, la colaboración y la motricidad). Al final, todos juntos se acercan a la mesa y compiten por colocar antes sus cabezas sobre la tripa de los perros. Escuchar los latidos del animal tiene un poderoso efecto relajante para los enfermos y, al mismo tiempo, les permite establecer un vínculo muy especial. Terminada la clase, a los perros les toca descansar toda la tarde. Estas sesiones de 60 minutos son muy intensivas para ellos, porque tienen que contenerse.

Pequeños milagros

Son tan profesionales que, en ocasiones, sorprenden a sus cuidadoras inventando un juego motivador, porque ellos conocen mejor que nadie a estas personas y pueden traspasar la zona de seguridad con la que se autoprotegen. “Los perros son el eslabón perfecto para que podamos penetrar en los problemas de estas personas, ellos nos abren la puerta”, afirma Begoña. Todavía se le ponen de punta los pelos cuando cuenta lo que le pasó con un niño autista de nueve años, que no admite el contacto ni se comunica verbalmente. Las pasadas navidades fue a visitarle. Cuando llegó a su casa, estaba haciendo un agujero en el jardín, así que Tango enseguida se acercó con cuidado y se puso a excavar junto a él. En cuanto el chiquillo le vio, pronunció el nombre del perro y alzó los brazos para abrazarse a Begoña. “Yo no me lo podía creer, no podía parar de llorar, y cuando se lo contamos al padre, se emocionó mucho, porque su hijo solo había pronunciado cinco palabras en toda su vida”, relata.

“Medicina” alternativa

El empeño de Begoña ahora es convertir Yaracán en una fundación, para, entre otras cosas, promover aún más la línea de investigación que llevan a cabo con la Universidad Complutense de Madrid y la Universidad Rey Juan Carlos. Realmente, ese es el espíritu que destila esta empresa por accidente, el de un proyecto social. Es más, aunque a ella no le guste contarlo, varias veces ha trabajado de forma desinteresada con personas que no han podido asumir el coste. Y es que este no es un “buen negocio”: más de 3.000 € al mes solo en comida, analíticas cada seis meses, desparasitaciones mensuales… Como contrapartida, una clase individual viene a costar unos 70 € (si son grupales o programas continuados, menos), así que el balance no suele tener un gran superávit.

Begoña es una de esas rarezas carismáticas, llena de vitalidad, positiva y con un encanto que conquista a todo el mundo. En el Hospital Universitario de Torrejón (Madrid) hablan maravillas de esta mujer y de la eficacia de las experiencias que han puesto en marcha conjuntamente. “Gracias a su ilusión y empuje hemos podido conocer una alternativa al cuidado convencional. Hace un año pusimos en marcha el programa piloto y establecimos tres áreas de investigación: pacientes con Alzheimer, ancianos con depresión involutiva y mayores en rehabilitación tras intervención de prótesis de rodilla o cadera. En los dos primeros casos los resultados han sido francamente positivos”, certifica José Gómez, director médico del Hospital de Torrejón, un centro que pretende que el programa tenga continuidad en el tiempo, para lo que buscan patrocinadores.

Los beneficios de la terapia con animales son muchos. Maribel Vila, de la Fundación Affinity, precisa que “se ha constatado que mejoran la salud en general (reduce el colesterol, la tensión arterial y los triglicéridos), las relaciones sociales y la supervivencia tras un ataque cardiaco o un derrame cerebral; aumentan los neurotransmisores, que nos hacen tener mejor estado de ánimo; reducen el estrés y la violencia interpersonal; y proporcionan mayor autonomía”.

Muchos familiares, cuando ven estas reacciones tan positivas, se plantean comprar un perro de terapia, pero los expertos no lo recomiendan, ya que si el paciente se habitúa, el estímulo que le permite mejorar desaparece. De hecho, conviene espaciar las sesiones porque estos animales pueden crear dependencia. Lo ideal es que, llegado el momento, las personas a las que ayudan puedan ir creando esos estímulos y esa motivación por sí mismas y desvincularse de ellos. Curiosamente, decir adiós a estas peculiares mascotas sería el final feliz de estas historias de superación.

Fuente: MujeresHoy

 

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